El ordenador

~ lunes, 8 de marzo de 2010

[Este pequeño relato lo escribí en dos días. Cuando lo empecé a escribir (inspirado más que nada en la primera frase, que en un principio iba a ser una entrada de publicidad chusca), no tenía ni idea de cómo terminaría. Sí, tenía una liguero presentimiento de cómo iba a terminar. Pero vamos… fui escribiendo según me venía y, al principio, jamás pensé en terminarla de una forma tan tétrica. Ha salido así, miren. ¡Hasta otra!]

“Sé que no debería hacerlo. No obstante, algo me dice que si lo hago, nada me pasará”. Jandro estaba de pie justo enfrente de un ordenador. No, no SU ordenador. Un ordenador totalmente extraño que estaba dentro de una tienda de electrónica. Un ordenador que desprendía un extraño magnetismo y que había hecho que desde el primer momento Jandro se hubiera fijado en él.

Miró a ambos lados antes de atreverse. No había nadie así que puso sus manos sobre el teclado y el ratón y abrió el navegador de internet. Puso un par de direcciones aleatorias y después miró el correo. Nadie seguía sin decirle nada. Ganó seguridad y le faltó tiempo para intentar hurgar en el sistema operativo. Miró los archivos del sistema y pensó que, re-escribiendo algo de código, podría conseguir controlar ese ordenador desde su casa. Lo hizo y, sintiéndose importante, se fue de la tienda.

Por la noche, después de cenar, volvió a su habitación y encendió su ordenador. No le costó mucho establecer el contacto con el ordenador de la tienda. Estuvo trasteando en el historial del navegador mientras se reía para sus adentros. Estaba visitando una página web porno que probablemente algún usuario había puesto por “hacer la gracia” cuando de repente el editor de textos se le abrió. Jandro miró de hito en hito la pantalla: él no había abierto el programa. Ni tampoco estaba escribiendo lo que veía aparecer en la pantalla. “Un, dos, tres, ya no me ves. Cuatro, cinco, seis, no estoy aquí. Siete, ocho, nueve, prepárate para la muerte”. Algo agarró fuerte la garganta de Jandro. No podía respirar. Intentó desembarazarse de lo que le oprimía la garganta pero, al parecer, no había nada físico estrangulándole. Se cayó de la silla. Mientras agonizaba, pudo ver en la pantalla del ordenador una espeluznante cara desdentada que, entre risas, le señalaba y gritaba: “Un, dos, tres, fiambre es. Cuatro, cinco, seis, aquí lo veis. Siete, ocho, nueve, ya no se mueve.” Cerró los ojos. Su último aliento se perdió entre los cables del ordenador. Estaba muerto.

1 comentario:

✩Sandy Blue★ dijo...

Que miedo!! =S
waa... me gusta mucho su forma de escribir, pero que miedo me dio esta entrada! waa!!

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